lunes, 23 de junio de 2014

Capítulo 17. Joyas negras

HOLA DE NUEVO *.* Al fin he vuelto, y con muchas ganas de escribir. No sé si habréis leído el chat, así que repito lo que va a pasar a partir de ahora. Subiré capítulo todos los lunes impares, siendo éste el primero. Aquí os dejo el capítulo 17, que me ha costado escribir una barbaridad. Espero que os guste :)

-¡Gale!

Me sobresalto al oír mi nombre. Me froto con fuerza los ojos. La habitación está completamente a oscuras, tal y como la preparé a noche, para que no me despertaran los rayos de sol. Sin embargo, sí han conseguido despertarme los golpes en la puerta. Me acerco para ver quién hay al otro lado y, cuando lo hago, me encuentro con Effie. Hoy lleva una peluca amarillo chillón, los labios pintados del mismo color y un vestido plateado.

-Dime, Effie – apoyo la cabeza en el marco de la puerta. Es la primera vez en mucho tiempo que consigo dormir sin pesadillas y sin despertarme en mitad de la noche.

-Hemos llegado – susurra.

Abro mucho los ojos y observo las ventanas del pasillo que hay justo detrás de mi acompañante. En efecto, ya se ven los altos edificios dorados del Capitolio.

-¿Se han despertado ya? - pregunto, sin apartar la mirada de la imponente ciudad.

-Sí – responde – Te esperan en el comedor.

-Voy en seguida.

Sin esperar respuesta cierro la puerta. Con el movimientos, las luces de la habitación se han encendido a mi espaldas. Busco uno de los trajes que traigo en el armario. Es el que iba a ponerme en la celebración de mi llegada al Distrito 12, la celebración que no tuvo lugar. El vestuario es de lo más simple. Consta únicamente de una camisa roja, un anorak y unos pantalones azules verdosos.

Cuando llego al comedor, cinco minutos después, me encuentro con Madge y mi hermano, cada uno en un extremo de la alargada mesa. De nuevo, me siento entre ambos, evitando la mirada de Madge, y comienzo a hablar sin referirme a nadie en especial.

-Cuando lleguemos al Capitolio os llevarán con vuestros equipos de preparación. Os arreglarán para que salgáis ante las cámaras y después se celebrará el Desfile de los Tributos. Creo que ambos sabéis de que va todo eso – miro a ambos lados de la mesa, deteniéndome un poco más en mi hermano, pues aún recuerdo que el y mi madre se quedaban a ver los juegos en el televisor de nuestra casa de la Veta mientras yo me iba al bosque a colocar trampas. - Será mejor que os comportéis con modales. Si conseguís sorprender a los habitantes del Capitolio tendréis más patrocinadores y más probabilidades de sobrevivir. ¿Alguna pregunta?

-¿Conoces a los equipos de preparación de este año? - pregunta Madge.

-Supongo que serán los mismos que el año pasado – me encojo de hombros, sin mirarla.

-No lo creo , Gale – en ese momento, Effie aparece por la puerta – Portia se quedará contigo.

-¿Qué? - pregunto asombrado.

-Eres el reciente ganador, necesitas un equipo de preparación. - camina hasta sentarse enfrente de mí - Siempre hay dos equipos por distrito, uno por cada tributo. Pero siempre hay uno más, el del tributo que ganó los juegos anteriores. Como tú ganaste, Portia también se han convertido en la ganadora de los estilistas. Supongo que Cinna se ocupará de Madge, aunque no sé quién tendrá que vestir a tu hermano.

Me doy la vuelta para mirar a mi hermano. Observo con atención sus manos, seguro de que tienen que ocultarle todas las heridas provocadas por el ácido. ¿Quién se ocupará de tan pesada tarea?

En ese momento, la sala se oscurece, lo que significa que estamos pasando por el túnel que conduce a la estación. Me levanto y camino hacia la puerta.

-Recordad. Sed amables e intentar gustarle a la gente o llamarles la atención. - me hago a un lado para que pasen Effie y Rory. Cuando Madge va a cruzar la puerta la agarro del brazo y la obligo a que me mire a los ojos – Tú muéstrate tal y como eres. Te ayudará.

-¿Que muestre mi mal carácter? - pregunta con tono divertido.

-Exacto.



Las puerta del tren se abre y en seguida nos invaden los gritos de euforia de todos lo habitantes del Capitolio que han venido a la estación de tren a vernos. No solo gritan los nombres de los tributos del doce, sino también me llaman a mí. Veo que Madge camina con la cabeza alta, ignorando los gritos; sin embargo, mi hermano mira a la extravagante gente con esa sonrisa de superioridad que ha aparecido estos días en su rostro.

Unos agentes nos conducen a mí y al resto del grupo por unas puertas dobles y salimos al exterior de la estación, donde subimos a unos coches con los cristales tintados. No hablamos por el camino, aunque mi hermano mantiene la mirada fija en mí. No es su típica mirada, sino una amenazadora que me infunde pavor. ¿Qué le ha pasado? Madge, por otro lado, observa la ciudad por la ventanilla, intentando ocultar su impresión.

Los coches se detienen y los agentes, de nuevo, nos escoltan, Esta vez estamos en el enorme edificio en el que pasaremos la próxima semana. Al llegar a las puertas, me separan de Rory y Madge.

-Nos vemos pronto – me despido. Mi hermano camina decidido y Madge me mira antes de desaparecer por una puerta, seguida de un agente de la paz.

-Por aquí – nos indica uno de los agentes a Effie y a mí.

Effie parece dispuesta a seguir avanzando, pero yo permanezco de brazos cruzados, sin moverme.

-¿Dónde vamos? - pregunto, cuando los agentes se percatan de que no estoy dispuesto a colaborar.

Effie me fulmina con la mirada y me susurra un “por favor”. Pero la ignoro.

-¿Hacia dónde nos conducís? - vuelvo a preguntar.

Los agentes no parecen dispuestos a responderme, lo que hace que me altere más y apriete los puños con fuerza.

-Tranquilos, ya nos ocupamos nosotros.

Me doy la vuelta tras reconocer la voz y me encuentro con mi estilista, Portia, que acaba de aparecer por una gran puerta de madera dorada.

-Lo siento, pero tenemos órdenes...

-¡A mí me dan igual las órdenes! - exclama Portia con voz chillona, aproximándose hacia nosotros dando saltitos con sus enormes plataformas – Soy la estilista del ganador de los séptimo cuartos juegos del hambre y mi misión es adecuarlo para que salga ante las cámaras. - Se acerca hasta a mí y se sitúa a mi espalda, sacudiéndome el pelo - ¡Necesitaré horas para arreglar este estropicio! Habéis llegado tarde. ¡Deberíais haber llegado hace unas cinco horas!

-Pero nos han ordenado conducir a... - intenta hablar de nuevo el agente de la paz, pero Portia no está dispuesta a dejarlo salirse con la suya.

-¡Tardaremos horas en depilarlo! Y Gale, ¿has adelgazado? - se aleja un par de metros para observarme con atención – No, no puede ser. ¡No! La ropa está hecha a tu media, tendré que volver a ajustártela. Te dije que comieras, Gale. Ahora mismo vamos a ir a volver a llenar esto – me golpea a la altura del estómago, clavándome sus afilados anillos. - ¡¿Y usted pretende llevárselo?! - exclama, dirigiéndose a los agentes, que cada vez están más perplejos – Y ya que están, ¿por qué no lo sacan así en el desfile de los tributos? Con esas cejas y ese bigote...

-Pero si no tengo... - comienzo a protestar, acariciándome la zona bajo mi nariz. Portia me da un manotazo.

-¡No hagas eso! Así facilitas el crecimiento del vello. ¡Miren! - de nuevo se vuelve a los agentes – Aunque el que reclame su presencia sea el Presidente Snow, Gale Hawthorne no saldrá de la sala de preparación hasta que no esté en perfectas condiciones.

Y dicho esto me coge del brazo y tira de mí hacia las puertas por las que ha desaparecido. Tengo el tiempo justo de darme la vuelta y hacerle un gesto a Effie para que venga.

Nos introducimos en una laberinto de pasillos de paredes rojas decorados con detalles dorados. Tras lo que parecen horas atravesando por pasillos exactamente iguales llegamos a una puerta negra con el número “23” escrito en letras doradas sobre la madera.

-Yo voy a empezar a trabajar con los patrocinadores, Gale.- anuncia Effie cuando estamos a punto de entrar - Nos vemos luego.

Y dicho esto, Portia me empuja hacia el interior de la sala. Rápidamente me envuelve una marea de abrazos, gritos y Eridia, que sigue fiel a su pelo rubio corto y de punta, me da un sonoro beso en la mejilla.

-Te hemos echado de menos – dice Madox abrazándose a mí. Aún me resulta imposible creer que un chico tan joven y pequeño que tan solo me llega a la altura de los hombros ya esté trabajando como preparador de los juegos.

-Estábamos preocupados por ti – dice Carlo – Cortaron la emisión de la Cosecha del Distrito 12 ¿Qué pasó? Vimos tu cara de horror, pero no dejaron ni que el chico hablara.

-Era mi hermano.

Eridia ahoga un grito y Madox se tapa la cara con ambas manos.

-Lo... Lo siento – dice Carlo.

-Ni si quiera me dejaron presentarme voluntario. Y, para más inri, han matado a Haymitch.

Todos se miran unos a otros, preocupados, pero parece que mi noticia no los haya sorprendido.

-¿Ya lo sabíais? - pregunto.

-Nadie contactaba con nosotros, así que supusimos que había pasado algo – contesta Eridia, aunque en sus ojos veo el temor que me confirma que esa es solo una excusa, que no puede contarme la verdad.

-No puedo creer que haya muerto – susurra Carlo, recalcando la última palabra. Yo he sido más que explícito al decir que no ha muerto, sino que ha sido asesinado.

-¡Se acabó! - exclama Portia, cuya cara, a pesar de las capas de maquillaje que lleva encima, ha perdido color, dando una palmada – ¡A trabajar!

-¿Qué? - pregunto, por un segundo he olvidado dónde estoy.

-No creerás que todo lo que he dicho ahí fuera era una actuación, ¿no?

Varias horas después, tras pasar hasta por cinco bañeras de distintos potingues, una sesión de depilación que me deja todo el cuerpo rojo y amoratado y una hora en la que Carlo no ha dejado de echar una sustancia pegajosa sobre mi pelo haciendo que mi cabeza parezca pesar cinco kilos más de lo normal, Portia me dirige a una sala de paredes metalizadas en la que tan solo hay un gran espejo. Estoy allí, de pie, vestido únicamente con una bata, lo que me hace sentir extremadamente vulnerable, a pesar de que Portia me ha visto ya una decena de veces desnudo.

Portia baja la cremallera de una gran bolsa que ha tenido que acarrear, caminando sobre sus vertiginosas plataformas. En el interior de la bolsa descubro unos pantalones ajustadísimos de cuero negro, muy brillantes, y una camiseta del mismo estilo.

-¿Esto es todo? – pregunto observando el traje, cuando vuelve a cerrar la bolsa.

-¿Perdona? – pregunta, observándome con cara de sorpresa. Sus labios se convierten en una fina línea que no concuerda para nada con su ser, siempre impregnado de colores alegres y chillones – Nunca subestimes mi trabajo, Gale. Además, hoy no eres tú el protagonista de la noche. ¿Desde cuándo eres tan egocéntrico?

Decido dejar la conversación de lado para no introducirme de lleno en una encarnizada discusión con mi estilista.

Al cabo de unos minutos, lo que tardo en vestirme y en dejar que Portia me coloque las perfecciones del traje, me doy la vuelta y observo mi reflejo en el espejo. Mi cuerpo brilla con un color negro mortífero que me deja sin aliento. Me pongo de perfil y compruebo que el espejo me hace mucho más delgado y más alto, como una sombra, como un muerto. Y me encanta provocar miedo y desconfianza al mismo tiempo que atracción, pues soy incapaz de retirar los ojos del espejo y, puesto que Portia ha decidido vestirme así, supongo que el efecto que causaré sobre la gente será el mismo que el reflejo está causando sobre mí mismo.

Portia se acerca con cuidado por detrás, apoya la cabeza sobre mi hombro y me susurra:

-Sonríe.

Sé cómo debo de sonreír. No con una sonrisa que finja felicidad, sino con una que muestre exactamente como me siento: expectante, desconfiado y mostrando toda la falsedad que me veo obligado a fingir aquí.

Así que sonrío, dispuesto a mostrarle a todo Panem que no me siento feliz de regresar, que estoy angustiado y preocupado y, que ser ganador, no es un sinónimo de alegría. Ni mucho menos.

-Perfecto – dice Portia, sonriendo a nuestro reflejo.

Salimos de la pequeña habitación para reunirnos con el resto de mi equipo de estilistas, quienes dejan escapar varias exclamaciones cuando me ven regresar a la sala principal. Junto a ellos, nos adentramos en el laberinto de pasillos dorados y rojizos hasta que llegamos al vestíbulo. Al otro lado de las grandes puertas de cristal que dan al exterior me sorprendo al ver que ya ha anochecido. Salimos a la fría noche y unos coches negros de cristales tintados nos recogen a todos. Apenas me da tiempo a preguntar por Effie cuando la veo salir corriendo del edificio para unirse a nosotros.

-He estado buscando patrocinadores – me informa – Pero la mayoría de ellos no quieren hacer ningún trato hasta no haber visto el desfile de esta noche. Espero que los estilistas hayan hecho algo sorprendente.

Asiento a modo de aprobación y ninguno de nosotros habla nada durante el trayecto hasta que, al final, los coches entran en un edificio.

-¿Dónde estamos? – pregunto.

-Vas a presenciar el desfile en primera fila, Gale. – dice Portia, tendiéndome una mano para salir del coche, algo que le agradezco, pues mi movilidad con esta ropa es bastante reducida.

-¿No estaré con ellos? – pregunto – Se supone que debo darles consejos.

-Confía en sus estilistas – se limita a contestarme.

Camino detrás de Effie y un par de agentes de la paz hasta que llegamos a una pared en la que nos encontramos con una fila de ascensores. Cuando las puertas del que tengo justo enfrente se abren, mi equipo me empuja para pasar y las puertas se cierran tras nosotros. En seguida siento el impulso que indica que el ascensor está subiendo y, antes de poder acostumbrarme a la velocidad, se vuelve a detener y las puertas se abren a un estrecho pasillo de paredes azules con numerosas puertas de cristal tintado. Al otro lado distingo una gran calle del Capitolio, bordeada a ambos lado por numerosas gradas en la que una multitud de gente se aglomera. Es una marea de colores chillones en la que resulta imposible distinguir a mujeres y hombres.

-Estas puertas dan a los balcones oficiales del desfile, que está apunto empezar – me informa Effie.

-Por aquí.

Portia encabeza la marcha por un lado del pasillo y se detiene frente a una puerta más grande que las demás.

-Compórtate como creas oportuno – dice mirándome y, a continuación, abre una de las puertas mientras Madox abre la otra, y todos se para dejarme pasar.

Trago saliva con fuerza y cruzo las puertas.

Los gritos son ensordecedores. La multitud empieza a silbar y aplaudir en cuando aparezco al otro lado de la puerta. A ambos lados de la calle distingo enormes televisores en los cuales aparece mi cara de asombro. Después, las cámaras recorren mi vestimenta de arriba abajo y, cuando llegan a mi cara de nuevo, sé que debo sonreír tal y como me ha dicho Portia. Esto enloquece a los habitantes del Capitolio y entonces me percato de lo ingenuas que son estas personas, incapaces de distinguir lo que expresan los rostros de nadie que venga de más allá de las cordilleras que protegen y aíslan la ciudad. Han sido educados para aplaudir y vitorear cualquier acto que hagan las personas a las que en teoría deben adorar. Así que sé que esta sonrisa no calará en ellos. Será olvidada tan pronto acaben estos juegos y tengan un nuevo ganador. Sin embargo, sí llegará a las personas que me importa que sean conocedoras de ellas. Llegará más allá de las cordilleras, atravesando las alambradas de todos los distritos que visité durante la Gira de la Victoria, entrará en cada uno de los hogares de las personas que han perdido a algún familiar en los juegos o por condenas del Capitolio, y se quedará grabada en sus corazones. Es una sonrisa llena de dolor, odio y cansancio; pero también una sonrisa que ansía venganza más que otra cosa.

El resto de mis acompañantes entran en el balcón y la gente sigue aplaudiendo y gritando. Algunos, como Carlo, saluda a las tribunas que hay frente a nosotros y la gente empieza a vitorear su nombre.

-Carlo es muy querido entre la gente del Capitolio – explica Portia, sin dejar de observar a su hermano con… ¿admiración? Sí. Cuando Carlo le da la espalda al público, mira a su hermana y le sonríe. Es una sonrisa llena de calor y amor. ¿Cuánto hace que no me sonría alguien a mí de esa forma? Tal vez años.

Decido sentarme en una de las sillas que hay en el centro porque presiento que es ahí donde debo sentarme. A un lado se sienta Portia y, al otro, Effie. Madox, Carlo y Eridia se sitúan justo detrás de nosotros. Mientras, observo a ambos lados de la calle. En un extremo se ve que la calle gira hacia la derecha; sin embargo, al otro lado veo el edificio de mármol blanco que hace que se me hiele la sangre.

Estamos en el recorrido final del desfile, frente al palacio del Presidente Snow.

También me percato de que el nuestro es el balcón más grande y sólo nosotros lo ocupamos, dejando una decena de asientos vacíos.

-¿Se sentará alguien más con nosotros? – pregunto a Portia, que supongo es la que más veces ha podido sentarse en estos balcones.

Effie, a pesar de ser una mujer del Capitolio, siempre ha estado a cargo de tributos del Distrito 12, el cual solo ha tenido tres ganadores en toda la historia. Como en todos los años que Effie lleva trabajando con mi distrito no ha habido ningún ganador, supongo que jamás ha podido contemplar el desfile desde este lugar.

-No, Gale – responde Portia – Este es sólo para nosotros.

-Pero si es el más grande y en el que menos personas hay. ¿Para qué son el resto de los asientos?

-Supongo que este balcón no estaba destinado para los ganadores. Sinceramente creo que aquí deberían sentarse lo vigilantes – oír esa palabra hace que el pelo de los brazos se me erice – sin embargo ellos son los que se encargan de dirigir hasta el más mínimo detalle del desfile, por lo que nunca lo presencian en vivo.

De repente nace en mí una gran curiosidad por conocer a los vigilantes, descubrir su historia, sus pensamientos, a sus familias... Me encantaría saber por qué hacen lo que hacen, si hay una razón en concreto. ¿Será porque los obliga el gobierno? ¿O se presentan voluntarios por ser un trabajo de prestigio? Atalanta ya me habló de que en su ascenso a vigilante a pesar de su corta edad se debe en parte a que Séneca, el vigilante jefe, es su hermano.

Pero no me da tiempo a preguntarle nada más a Portia sobre ellos, pues en las pantallas aparece la curva que hay a nuestra izquierda. Todo el mundo comienza a gritar cuando aparecen los primeros carros negros tirados por un par de caballos.

Los tributos de cada distrito van por parejas. Es entonces cuando me percato de que es la primera vez que los veo, pues al igual que el año pasado, tampoco se nos proyectó en el tren la repetición de la Cosecha, algo que no me extraña pues, si no nos la mostraron a Katniss y a mí, que participábamos en uno juegos normales, ¿por qué sí este, en el que todos los tributos tienen en común la traición hacia el Capitolio? Podría afirmar que este año nadie tendrá prestigio sobre otros, que el Capitolio los odia a todos. Pero estoy completamente seguro de que el Capitolio se guarda una última estrategia.

Los tributos del Distrito 1 son jóvenes. El chico es muy alto y delgado, moreno. Lleva el cuerpo desnudo y está totalmente cubierto de los que parecen piedras preciosas de color azul oscuro. Por otro lado, la chica, completamente calva y pálida, está cubierta de diamantes transparentes. El Distrito 1, artículos de lujo.

En el carro del Distrito 2 se aprecia la primera diferencia de estos juegos. El tributo masculino puede tener cerca de veinticinco años. La chica es menuda y pelirroja, con el pelo lleno de rizos. Ambos llevan pantalones negros ajustados. Sin embargo, en la parte de arriba, el traje consta de algo parecido a una enorme piedra dividida en estratos que simula pizarra.

Este año, del Distrito 3 han salido una mujer anciana y un chico de tez oscura que, a pesar de su pequeña altura, se asemeja bastante a un toro. Ambos van vestidos con lo que parecen rallas multicolores, semejantes a cables. Los del Distrito 4, con mallas que asemejan escamas, son una chica con mirada perdida y un chico esbelto, con el pelo cobrizo.

En el Distrito 6, el carro tira de una adolescente rubia que sujeta la silla de ruedas de su compañero, otro chico joven al que le falta un brazo. Esa imagen me sobrecoge el corazón. ¿Qué habrá hecho ese chico para desafiar al Capitolio? En el Distrito 8, el hombre está cerca de los ochenta años. En el Distrito 9, una mujer de unos treinta años aparece junto a un joven, ambos vestidos con un traje que cambia de color, manteniéndose en tonos marrones y recordándome a los campos de trigo que se extendían por este distrito cuando lo visité. En el Distrito 10, la protagonista es el tributo femenino, de la edad de Rue, o puede que incluso menor. En estos juegos no hay límite de edad.

Justo cuando una mujer esbelta de tez oscura y ojos verdes y un chico rubio vestidos con trajes llenos de hojas que representan al Distrito 11 aparecen por la curva, se apagan los murmullos de la gente. Todos expectantes.

Me inclino sobre la barandilla de seguridad, mirando alternativamente a las pantallas y al final de la calle. Hasta que, al final, el carro negro tirado por caballos del mismo color aparece.

Madge y Rory están uno al lado, aunque lo más separados posibles. Mi hermano mira a ambos lados de la calle con esa nueva sonrisa suya, mientras que Madge mantiene la mirada al frente, fría, deseable e inalcanzable, como algo superior. Ambos van cubiertos de arriba abajo con unas mallas muy ajustadas. Además, ambos sostienen lo que parecen picos de minero.

Me dejo caer en el asiento, algo decepcionado. Sin lugar a dudas, esperaba algo mucho más impactante. Pero entonces, Madge y mi hermano levantan el pico sobre sus cabezas y se produce una fuerte explosión de humo negro. La gente grita, algunos de horror y otros sorprendidos. El carro ha sido rodeado por una espesa bola de humo negro y rojizo que nos impide ver a los tributos. Justo cuando el carro está a punto de pasar bajo mi balcón, el humo se desvanece y aparecen de nuevo los tributos. En las mallas, han aparecido miles de piedras brillantes negras, similares a las del traje de los tributos del Distrito 1. Los espectadores comienzan a aplaudir, eufóricos, y vitorean el nombre de mi hermano y Madge. Esta última sigue igual de distante, sin embargo mi hermano comienza a saludar a la gente, lo que los vuelve aún más locos.

Los carros llegan en seguida al palacio del Presidente Snow, formando un semicírculo. Suena el himno de Panem y el presidente aparece en su balcón. Aparto la mirada, pues verlo hace que se me forme un nudo en el estómago. “Ya sabes lo que le espera a cualquiera que incumpla mis normas” habían sido las palabras que me había dicho hace ya casi un año, justo en ese balcón. Y, poco después, cuando regresé a lo que siempre había considerado mi hogar, me encontré solo. Completamente solo.

El Presidente Snow da la enhorabuena a todos los tributos por el honor que supone participar en los Juegos del Hambre. Vuelve a sonar el himno de Panem y el presidente desaparece. Los carros se ponen en marcha y la gente comienza a marcharse de las tribunas.

-Vamos Gale – Effie y el resto se han puesto ya en pie y caminan hacia la puerta.

Al otro lado hay un agente de la paz que me coge del brazo. Instintivamente le golpeo con el codo en la cara y con el brazo lo empujo hacia la pared.

-¡Gale! – grita Effie, horrorizada.

Eridia y Carlo me agarran por los brazos y me apartan del agente, a quien empieza a caerle un hilillo de sangre por la nariz.

-No vuelvas a tocarme – le digo, mirándolo con todo el desprecio que puedo expresar.

Se limpia la sangre con un gesto de rabia y después, recupera la típica postura de agente de la paz.

-El vigilante jefe quiere hablar con usted – dice, sin mirarme a los ojos.

Noto que la fuerza de mis brazos se afloja y Eridia y Carlo se alejan de mí. Los miro interrogantes y vuelvo a girarme hacia el agente.

-¿Qué quiere? – pregunto.

-Sólo me ha pedido que lo conduzca. Si me permite.

Se da la vuelta y comienza a caminar por el pasillo. No quiero seguirlo. No quiero reencontrarme con Séneca. Pero sé que, por mi bien y el de las personas que aprecio y quedan con vida, debo caminar tras él.

-No vemos después – digo a mi equipo, sin siquiera girarme para ver sus caras. No quiero que sus expresiones de temor me retengan.

Camino deprisa para alcanzar al agente. El pasillo es mucho más largo de lo que esperaba. En un momento determinado gira a la derecha y pasa por una puerta que conducen a unas escaleras de emergencia. Bajamos dos pisos y seguimos avanzando por el pasillo, en dirección a…

Me detengo en seco y el agente parece percatarse. Se da la vuelta, observándome de arriba abajo.

-Ya casi hemos llegado. Es aquella puerta – señala delante de él, a una puerta metálica.

Me veo obligado a avanzar. Tan sólo nos dirigimos a la mansión del Presidente Snow, no puede hacerme nada o todo el mundo se percataría. Abre la puerta y me hace pasar, aunque él se queda fuera. Al otro lado hay una mesa de reuniones con todas las sillas vacías. Todas, excepto una.

Me quedo paralizado en la puerta, inmóvil.

-Hola, Gale Hawthorne – saluda.

-¿Dónde está Séneca? – pregunto, sin dejar de observar su pelo caoba recogido en un moño del que un par de mechones se han desprendido. – Iba a reunirme con el vigilante jefe.



-Séneca ya no es el vigilante jefe, Gale Hawthorne. Yo he ocupado su lugar.

viernes, 25 de abril de 2014

Lo siento

Hola :)
Antes de nada, a los lectores que aún os mantenéis fieles a este blog debo daros una explicación de por qué no he escrito. La respuesta es: 2º de bachiller. Terminas los exámenes de un trimestre y al día siguiente empiezas con los del trimestre siguiente. Es un completo martirio y creedme que si por mí fuera, lo dejaría todo para seguir escribiendo. Pero no puedo.
Por lo tanto, va a pasar una LARGUÍSIMA temporada hasta que volváis a verme por aquí. Eso será a partir del 15 de junio, cuando al fin termine mis exámenes. Puede que incluso pase más tiempo por el siguiente motivo.
Hace unos días, mi móvil, donde lo escribía absolutamente todo, murió, y se llevó con él meses de lo que yo considero 'mi trabajo'.Así que ahora mismo me encuentro en una situación de lucha por recordar hasta la última palabra de lo que escribí, y desesperación por pasarlo al ordenador cuanto antes. Con lo que mi tiempo libre en estos meses voy a utilizarlo para reescribir todo lo que perdí. Por consiguiente, esta historia, Recuerda que te, va a quedar un poco abandonada por una temporada, la cual espero que sea corta.
Espero que este mes y medio pase rápido y espero estar de vuelta cuanto antes.
Saludos ^^

sábado, 15 de marzo de 2014

Capítulo 16. Hay que tomar decisiones

Bueno chicos sé que llega con unas tres semanas de retraso pero aquí está el capítulo 16. A parte de los exámenes eternos me ha costado bastante escribirlo. Ahora tengo un par de semanas de descanso y espero poder escribir algo más para ir subiéndolo poco a poco. Espero que os guste el capítulo. Saludos ^^


Le falta un dedo y tiene las manos grises, llenas de ampollas.

-Te han torturado - digo las palabras en voz alta para obligarlas a asentarse en mi cabeza.

-Me hacían preguntas extrañas - Rory baja la cabeza y clava la vista en el suelo - Me preguntaban por ti y Katniss y por algún tipo de complot. Yo no sabía nada, no podía responder a pesar del dolor del ácido.

-Ácido - susurro.

-Me obligaban a meter las manos en una cuba llena de ácido.

-¿Y el resto? - Pregunto apresuradamente, deseando quitarme la imagen de mi hermano gritando de dolor de la cabeza.

-No sé nada de ellos - mi hermano levanta la cabeza y vuelve a mirarme con esa nueva mirada de hermano mayor.




A la mañana siguiente, cuando llego al comedor, Madge y Rory ya están allí, sentados lo más lejos posible.

-¿Juntos o por separado? - Pregunto nada más contemplar la escena.

-¿Cómo? - pregunta Madge con el centro fruncido.

Me siento entre ellos y la miro interrogante. Al igual que Katniss, salir como tributo la ha puesto demasiado a la defensiva.

-¿Queréis entrenar juntos o por separado?

-Separados - responde Madge en cuanto formulo la pregunta. Miro a mi hermano, que se encoge de hombros. Tiene una extraña sonrisa en la cara.

-Está bien.

-¿Puedo irme? - pregunta Madge poniéndose en pie.

-Deberías comer para coger fuerzas.

-No - responde secamente - Siempre he comido bien, ahora tengo que acostumbrarme a pasar hambre.

Sus palabras nos sientan tanto a mi hermano como a mí como navajazos. Lo sé por la expresión de su cara, contraída en una mueca de asco. Yo apenas pasé hambre en los juegos y Madge tiene que obligarse a no comer para no pasar tampoco.

-¿Cuándo empezamos? - Pregunta mi hermano cambiando de tema, una vez que Madge se ha marchado.

-Deberías conseguir que se alíe contigo - digo señalando hacia la puerta. -Tiene carácter y sabe defenderse. La he enseñado.

-¿La has enseñado? - La cara de mi hermano se tuerce en una mueca de desconfianza.

-Sí. Hemos pasado una temporada juntos. - Al admitir esto en voz alta me doy cuenta de lo extraño que debe parecerle a mi hermano esta declaración.

-¿Estáis juntos? - La pregunta no ha tardado en llegar.

-No - contesto secamente.

-¿Lo habéis estado? - Vuelve a preguntar.

-Rory, he pasado un año sin familia. Necesitaba compañía.

-¡Y qué buena compañía! - comenta con sarcasmo.

-¡Rory hace un año que gané los juegos y perdí a mi mejor amiga! ¡No estoy preparado para que nadie ocupe su lugar!

Mi hermano se queda callado y, sin decir una palabra, se pone de pie y camina hacia la puerta con una extraña sonrisa en la cara.

-¿Y esa sonrisa? – pregunto justo antes de que la puerta se cierre de un portazo. No obtengo respuesta.




-Effie - digo, golpeando con delicadeza la puerta - Effie voy a entrar.

Giro el pomo y abro la puerta con cuidado. Es la segunda habitación en la que entro sin permiso en menos de veinticuatro horas, lo que me hace sentir algo incómodo. Esta vez, la estancia está completamente iluminada. Hay una mesa central en la habitación en la que Effie está sentada. Frente a ella hay un plato de patatas asadas que no han sido probadas.

-Effie - vuelvo a susurrar.

Como respuesta, Effie se suena la nariz y deja caer el tenedor con un golpe sordo sobre la madera de la mesa. Con dos grandes pasos me sitúo junto a ella y me agacho para estar a su altura.

-Effie, ¿estás bien?

-Es triste - la oigo susurrar, haciendo un gran esfuerzo por escucharla - Todo esto es muy triste, Gale. Jamás habían matado a alguien cercano a mí.

-¿Qué estás diciendo? - Pregunto.

-A los niños no les pillaba cariño porque sabía que morirían. Pero Haymitch... Era lo más parecido a un amigo que nunca he tenido. Y ahora está muerto.

De un manotazo aparta el plato de comida y apoya la cabeza sobre la mesa, llorando sin consuelo. Al haber escuchado esas palabras salir de su boca todo se hace real. El Capitolio ha destrozado demasiadas vidas. ¿Quién me diría que algún día me encontraría con la obligación de consolar a la recta y dura de Effie Trinket? Se supone que el Capitolio cuida a sus habitantes, sin embargo acaban de romper esa norma no escrita.

Decido pasar un brazo por detrás de su espalda y la obligo a despegar la cara de la mesa.

-Effie escucha. Necesito tu ayuda. Jamás he hecho esto y soy incapaz de hacerlo sin ti. He perdido a Haymitch y tienes que ayudarme. Necesito salvara a mi hermano o a Madge.

En cuanto digo esto la pregunta que he intentado ignorar reaparece en mi cabeza: ¿a cuál de los dos voy a salvar? La cara de Peeta surge entre los recuerdos. Le prometí que la llevaría de vuelta al doce, ¿voy a volver a romper esa promesa? Sin embargo, no puedo dejar morir al único familiar del que conozco el paradero.

Effie se seca las lágrimas con una mano y me mira con la cara convertida en un puchero.

-Te ayudaré – consigue susurrar.




Durante la comida, Rory se centra en comer como nunca. Quiero decirle que pare, que debe acostumbrarse a pasar hambre para los juegos como ha dicho antes Madge. Sin embargo, ver cómo sus ojos se iluminan con cada plato me impide decirle nada. Mi hermano nunca se ha encontrado con tanta variedad y ahora que puede comer lo que nunca ha probado, ¿tengo derecho a negárselo? Por otro lado, Madge no aparece. Y lo mismo ocurre a la hora de la cena.

-¿Sabes algo de Madge? – le pregunto a mi hermano cuando ya ha empezado el postre.

-No la he visto salir de su habitación desde que llegamos.

Guardamos silencio hasta que un grupo de criados retira los platos. Es mi hermano el que rompe el silencio haciendo la pregunta que llevo esperando desde que lo volví a ver, la pregunta ante la cual corro el peligro de enloquecer, la pregunta más necesaria para su supervivencia en los juegos.

-¿Cómo ganaste?

Effie, frente a mí, se pone muy recta y cruza los alargados dedos de sus manos sobre la mesa. Noto un calor repentino que invade todo mi ser, comienzo a sudar y pronto llegan los escalofríos. Como una sucesión de imágenes, mis últimos minutos en la arena pasan por mi cabeza. Tresh matando a Katniss en un intento por defenderse de mí. Yo, deseosos de venganza, rompiéndole el cuello a Tresh. Después, Clove, indefensa y sangrando sobre la hierba, clavándole el cuchillo a Marvel.

-Gané por suerte. - contesto finalmente, y observando la cara de incertidumbre de mi hermano añado: - Porque la chica que debería haber ganado estaba demasiado herida.

-¿Katniss? - pregunta mi hermano.

-No – niego con la cabeza – Fue la chica del Distrito 2, Clove.

Mi hermano asiente y baja la mirada. No creo estar en condiciones de ser su mentor. No estoy en condiciones de revivir mis juegos una y otra vez, aunque sea para ayudarlo.

-¿Tienes alguna habilidad? - pregunto, a lo que mi hermano se encoge de hombros.

-Rory, - interviene Effie – debes de poner de tu parte, esto es muy complicado para tu hermano. ¿Qué te parece si empezamos con tus modales?

Sonrío a Effie. Una sesión de modales y mi hermano acabará encantado de hablar sobre los juegos. Me levanto de la mesa y salgo al pasillo para ir a mi habitación. Sin embargo, decido cambiar de rumbo y acabo llamando a la puerta del tributo femenino del Distrito 12.

La puerta no tarda en abrirse. Tras comprobar que soy yo, Madge resopla con fuerza y se apoya en el marco de la puerta.

-¿Sí? - pregunta.

-Tenemos que hablar.

-Empieza – dice sin apartarse de la puerta.

-¿No vas a hablar con tu mentor? - Pregunto.

-¿Para qué?

Baja la mirada y observa sus manos con fingida atención.

-Vas a los juegos, Madge, no de paseo. Allí hay gente muy preparada que no durará en matarte.

-¿Y? - Levanta la mirada y clava sus ojos amenazantes en los míos - Voy a morir de todas formas.

-No puedes darte por vencido sin luchar. ¡Te he estado entrenando!

-Me di por vencido en cuando el nombre de tu hermano salió de la urna, Gale. Buenas noches.

Intenta cerrar la puerta, pero interpongo mi pie y la empujo con fuerza para entrar en la habitación.

-¿Qué quieres decir?

-Está claro quien recibirá más ayuda por tu parte. - Dice, alejándose poco a poco de mí.

-¿Crees que beneficiaré a mi hermano y no a ti?

-Sería lo lógico, ¿no? - Fuerza una carcajada que termina en temblor.

-No. Tengo la misma responsabilidad de cuidar de ti que de Rory.

-¡Oh, vamos Gale! - Ahora da un paso hacia adelante para enfrentarme - Aquí no hay responsabilidades, sino supervivencia. Tú formas parte de los juegos también, ¿no? Tú también tienes que luchar para salvar la vida de alguien que te importa y ese alguien es Rory, tu hermano.

-¿Crees que tú no me importas?

Se crea el silencio entre ambos, cada uno asimilando el significado de esas palabras. Madge me importa, sí, pero no sé hasta que punto. Si yo también formo parte de los juegos, significa que cuido por mi propia supervivencia. ¿A cual de los dos necesito si mantengo mis sentimientos al margen? ¿Qué me dicen mis sentimientos?

-Estoy asustada, Gale - dice Madge lentamente, como si evaluara cada una de sus palabras - No sé hasta qué punto puedo confiar en ti. No sé hasta qué punto ayudarás a tu hermano a costa de mí.

-Te prometo que no favoreceré a ninguno, sino a los dos por igual. - Aseguro – Créeme.

Pienso en la promesa que le hice a Peeta en el cementerio. Le prometí traer de vuelta a Madge, y ahora puede que vuelva a romper mi promesa. ¿Es eso lo que quiero?

Madge avanza con decisión hacia mí y ne abraza, cortándome la respiración y pillándome completamente desprevenido.

-Ojalá todo esto no fuese más que una pesadilla - susurra contra mi pecho.

-Ojalá - susurro, cruzando mis manos en su espalda.

No soy consciente de cuánto tiempo permanecemos así, ni de cuando ella levanta la mirada y yo bajo mi cabeza para encontrarme con sus ojos. Ni siquiera soy consciente de cómo la distancia entre ambos se acorta poco a poco.

Solo me percato de todo esto cuando nuestros rostros ya se han rozado, y entonces es demasiado tarde para evitar el beso.

He besado ha muchas chicas, sin embargo mi corazón solo perteneció a Katniss. Ahora me encuentro besando a Madge, una chica a la que hace tan solo un año aborrecía y ahora me resulta demasiado similar a Katniss. Igual de fuerte y valiente a pesar de su apariencia frágil.

Me doy solo un par de segundos antes de separarme de ella.

-No debería haber hecho eso - digo justo antes de darme la vuelta y caminar hacia la puerta.

-¡Gale! - Ya he avanzado un par de metros por el pasillo cuando oigo a Madge llamarme. Me doy la vuelta y la veo apoyada en el marco de la puerta.

-Mañana quiero verte en el desayuno, ¿está bien? - pregunto.

Ella asiente y vuelvo a darme la vuelta. Sin embargo, me lo impide de nuevo.

-Gale. - suspiro y con lentitud vuelvo a girarme - Tenía que hacerlo - susurra, después levanta la mirada y afirma con seguridad mirándome a los ojos - Tenía que hacerlo aunque sólo fuera una vez.




viernes, 24 de enero de 2014

Capítulo 15. ¿Mentor?

Tardo demasiado en asimilarlo. ¿Rory? No soy Rory, soy Gale. Gale Hawthorne. Rory es mi hermano pequeño y hace meses que huyó con mi familia al bosque. ¿Cómo va a ser Rory? No está aquí. Y, aunque estuviera, no podría salir elegido. He pasado años vigilando que no incumplieran ninguna norma y así los agentes de la paz no tuvieran ninguna excusa para hacerles daño. Aunque en Panem no necesitan ninguna excusa para hacer daño a alguien.

Aun así, Rory está a salvo.

Debe haber un error.

Hace unos años salía de casa para ir a cazar junto a Katniss cuando me encontré a Rory en la puerta de la casa, sentado en el suelo. Me pidió ir conmigo para aprender a cazar porque, según él, no hacía nada para ayudar a mi familia. Me negué para protegerle. ¿Hice bien? Esto se repitió todos los días hasta que, un día, le encargué la tarea de protegerlos mientras yo estaba fuera. Si algo pasaba, él era el que debía ir corriendo a casa de Katniss para avisar a su madre. Esto pareció complacerlo pero, ¿seguro que no debería haberlo dejado venir conmigo? ¿No debería haberlo enseñado a protegerse y defenderse?

Sigo pensando que debe de haber un error.

Pero no lo hay. Lo compruebo al escuchar los gritos de la aterrada multitud, que se aparta para dejar un pasillo por el que avanzan un grupo de agentes de la paz sujetando a un chico. Mi hermano.

-¡Rory!

Con un desgarrador grito salto del escenario y corro todo lo que puedo, esquivando todas aquellas manos que intentan atraparme. Alcanzo a los agentes de la paz sin importarme que sean demasiados. Eso no evita que me lance contra dos de ellos y los tire al suelo. No voy a dejar que le hagan daño a mi familia, o lo que queda de ella. Ya me arrebataron a mi padre. Sin embargo, un segundo después de haber atacado a los agentes, varios se echan sobre mí y me inmovilizan.

-¡Gale! ¡Gale!

Ahora es mi hermano el que grita mi nombre y se retuerce para llegar hasta mí.

-¡Rory!

No puedo con tantos agentes rodeándome. Me sujetan con fuerza en mitad del pasillo y me obligan a mirar hacia el escenario. Me obligan a ver como mi hermano es empujado hasta los escalones, cómo lo apuntan con un arma y cómo lo obligan a subir por él mismo todos y cada uno de los escalones. Él no deja de mirarme.

-Aquí tenemos a nuestros campeones - anuncia Effie con una forzada alegría - Daos la mano.

Madge mira a Rory con verdadero horror y, hasta que uno de los agentes de paz que hay frente a ellos no carraspea, ninguno de los dos pone interés en estrecharse la mano.

¿Cómo pueden hacer que dos personas que tienen que matarse dentro de unas semanas entre ellos se estrechen la mano? Es algo repugnante, pero aun así nadie hace nada.

Nadie hace nada.

Si mi hermano ha sido descubierto significa que mi familia también. Y si él está a punto de morir en la arena sólo me queda una cosa por hacer.

-¡Me presento voluntario! - Exclamo.

Pero mi grito es silenciado por una mano que me tapa la boca. Después, un fuerte golpe en la cabeza hace que pierda el equilibrio.

Effie sufre unos segundos de incertidumbre y confusión pero, tras un gesto amenazante de Romulus, sigue presentando a mi hermano, les desea buena suerte a ambos tributos y se despide del distrito. El agente de la paz me destapa la boca.

Miro a los chicos que tengo a mi lado, entre la multitud, algunos de ellos conocidos.

-¿No hacéis nada? - pregunto - ¡¿No hacéis nada?! - repito con más fuerza.

De nuevo, el agente intenta taparme la boca, pero estoy preparado y le muerdo con fuerza la mano hasta sentir el sabor de la sangre en mi boca y escuchar sus gritos de dolor.

-¡¿Vais a dejar que hagan lo que quieran?! ¡Mataron a Katniss y ahora pretenden matar a Madge y a mi hermano! ¡Haced algo! Llevan matando a vuestras familias años. ¡Defendeos!

Oigo el clic del arma y al mirar al frente me encuentro con Romulus y el arma levantada.

Permanecemos en silencio unos segundos.

-Mátame - susurro - ¡Dispara!

-No - dice con una sonrisa de satisfacción que me provoca un escalofrío - Los tributos necesitan un mentor.

Veo el mismo brillo en los ojos que hace unos meses cuando, al igual que ahora, estaba frente a mí, apuntándome con el arma, cuando cambió de objeto y la bala atravesó el brazo de Madge. Esta vez, atraviesa la cabeza de Haymitch.

Contemplo con horror como su cuerpo, de pie al borde del escenario, cae de este para acabar sobre el gris cemento gastado de la plaza. Algunas personas ahogan gritos y otras los dejan salir. Muy pocas, como yo, observan la escena en silencio.

-Ponte en pie - ordena Romulus, apuntando con el arma hacia la multitud, a un chico que tal vez tenga unos trece años, de la edad de Rory, y tiene los ojos y el pelo característicos de la Veta, al igual que él. Su elección no es una simple coincidencia. Me pregunto qué tipo de delito ha podido cometer el chico como para estar hoy entre los posibles tributos.

-Levántate - vuelve a ordenarme Romulus - ¿o pretendes que mate a todo el distrito?

Permanezco sentado, inmóvil. Entonces veo como su dedo tiembla, se separa del mango de la pistola y se sitúa en el gatillo.

-¡No! - Exclamo levantándome. - No lo hagas.

-Muy bien - el jefe de los agentes de la paz guarda el arma en su cinturón - ¿Cómo te llamas? - le pregunta al chico, más pálido de lo normal.

-Nathan - responde susurrando.

-Muy bien. Nathan, Gale Hawthorne acaba de salvarte la vida. – deja de prestar atención al chico y vuelve a centrarla en mí - Vas a ponerte en pie y estos agentes te acompañarán al tren, Gale.

Me levanto, aunque no inmediatamente y dejo que un grupo de cinco agentes de la paz me conduzcan hasta el Edificio de Justicia. Me llevan hasta la misma puerta trasera que atravesé hace un año y me meten en un coche. No tardamos en llegar a la estación que, este año, está desierta. Me empujan hasta que entro en el tren sin oponer resistencia. La puerta se cierra y el tren comienza a desplazarse. Permanezco de pie, frente a la puerta gris unos segundos, hasta que finalmente decido seguir adelante.


-¡GALE! - Mi hermano se levanta del sillón y corre hacia mí, con lágrimas en los ojos y los brazos abiertos. Unos brazos que me atrapan enseguida - Estás vivo - solloza.

-Sí, estoy vivo - confirmo, aunque poco convencido.

-No sabíamos nada. Estábamos tan preocupados.

Lo separo un poco de mí y me agacho hasta llegar a susurrarle al oído.

-Luego lo hablamos.

Cuando me levanto me encuentro con Madge, de pie junto a los sillones azules del tren.

-¿Y Haymitch? - Pregunta con violencia.

-Lo han matado - suelto, sin importarme las consecuencias de mis palabras.

-¿Qué? - ambos tributos me miran horrorizados, Madge en especial.

-Lo siento. - Digo, bajando la cabeza - No pude salvaros a ambos.

Porque eso es lo que habría hecho si me hubieran permitido presentarme como voluntario: habría mantenido a mi hermano a salvo una vez más y me habría asegurado de que Madge ganase los juegos. Pero al matar a mi antiguo mentor me han obligado a hacerme cargo de la supervivencia de ambos, aunque es imposible: sólo puedo salvar a uno de ellos.

Tras unos segundos de silencio, Madge finalmente dice con voz seria y amenazante:

-Ahora eres nuestro mentor. ¿Qué hacemos?

La miro a los ojos, unos ojos azules desafiantes. Bajo la mirada hasta encontrarme con la insignia y entonces me engulle una nube que me transporta en el tiempo hasta encontrar a Katniss frente a mí, con un vestido azul y la insignia del sinsajo. Ahora Madge me miran igual que cuando mi mejor amiga fue elegida tributo. La esencia luchadora de Katniss parece haber entrado en el cuerpo de Madge y toda su ternura se ha marchado.

-Comed lo que podáis y después id a vuestras habitaciones y descansad. - digo - Antes de nada tendríais que asimilar lo ocurrido. Nos vemos mañana en el desayuno.

Salgo de la estancia hacia alguna habitación. En verdad, el que necesita asimilar las cosas, soy yo.

Mi estómago ha desaparecido por completo y no tengo hambre en todo el día. Por la noche, salgo al pasillo y camino por el éste hasta que encuentro la puerta del último vagón. Al otro lado, el aire es helado, justo lo que necesito para refrescarme y para sentir un poco de libertad antes de volver al Capitolio. Vuelvo al Capitolio. La verdad es recibida como un cubo de agua helada. Y, esta vez, regreso como mentor de mi hermano pequeño.

Levanto la vista hacia el cielo. El tren viaja a toda velocidad mientras que las estrellas permanecen inmóviles. Necesito saber qué va a pasar en estos juegos. Serán diferentes, demasiado. Pero, antes de nada, tengo que saber qué ha pasado con mi familia.

Llamo con los nudillos a la habitación de mi hermano hasta que recuerdo que he convivido en la misma habitación que él toda mi vida, así que abro de golpe la puerta.

El dormitorio está vacío y a oscuras. La cama está preparada y me llega el sonido del agua cayendo a través de la puerta del baño. Me siento en el borde de la cama. Mi hermano va a pasar exactamente por lo mismo por lo que pasé yo el año pasado: las comodidades, los banquetes, la ropa, los admiradores... Pero yo odié ese mundo desde el principio por el asco que siempre me han dado los habitantes del Capitolio. ¿Será mi hermano igual de listo y rencoroso o se dejará engañar por el lujo?

Me levanto y paseo por la habitación hasta llegar a la silla en la que ha dejado la ropa de esta mañana. La cojo y la huelo. Tal vez esperaba el olor a casa, a ceniza o incluso a bosque pero, en lugar de eso, descubro un extraño olor a podredumbre. Suelto la camiseta en ese instante, tirándola al suelo. El olor me pone los pelos de punto y de repente parece haberme embotonado el cerebro: es un fuerte olor a muerto. Recuerdo alguna vez en la que, después de semanas tras algún accidente en la mina, algunos habitantes conseguían recuperar los cuerpos de sus familiares y los llevaban por las calles, provocando un fuerte olor a muerte que se colaba y se quedaba permanentemente en todas las casas del distrito. Me agacho con cuidado para volver a cogerla, esperando que todo sea producto de mi imaginación. ¿Qué le han hecho a mi hermano? Justo cuando me doy cuenta de que el ruido de la ducha ha desaparecido, siento como algo me golpea con fuerza la cabeza y cae sobre mí. Como un acto reflejo, ruedo por el suelo hasta quedar sobre mi atacante y lo agarro del cuello. En ese momento, la luz se enciende, entrecierro los ojos y aflojo la fuerza de mis manos; es un instante que aprovecha mi atacante para intentar librarse de mí, pero soy más fuerte. Bajo la mano a una de mis botas, donde se esconde el cuchillo de Clove que Haymitch me dio poco antes del anuncio del vasallaje. Mi mano roza la empuñadora y, entonces, reconozco la voz.

-Gale, ¿qué haces?

Abro los ojos y encuentro a mi hermano bajo mí, con la frente mojada de sudor. Tardo unos segundos en entender la situación y entonces me levanto y le tiendo una mano, la cual acepta.

-¿Qué hago? - Pregunto - Tú eres el que me ha atacado.

-Sí - asiente - Porque no te he reconocido en la oscuridad. No deberías asustarme así, podría matarte.

-¿Tú a mí? - Pregunto divertido.

Esta es una de las típicas discusiones que teníamos ambos antes, cuando nuestras vidas eran normales, cuando no nos preocupábamos de cuánta gente deseaba nuestra muerte.

Mi hermano también sonríe y, al mismo tiempo que yo, pierde la sonrisa.

-¿Dónde estabais? - Pregunto sentándome de nuevo en la cama.

-Nos dimos dos semanas de margen. Cuando pasaron, hicimos lo que nos pediste - Rory se acerca y se sienta a mi lado, parece que ha crecido bastante, tanto en altura como en musculatura - Huimos al bosque con Prim y su madre. Habíamos ido varias veces durante esas dos semanas a cazar al bosque, así que nos alejamos pronto del distrito. Creo que ya nos seguían.

>Un día decidimos separarnos para una inspección del terreno. Mamá, Prim y Vick se marcharon juntos. Tenía que haber una adulta en cada grupo, un cazador y alguien que supiera de heridas. La madre de Katniss, Posy y yo nos quedamos donde habíamos pasado un par de días descansando. El aerodeslizador no tardó en llegar. Recuerdo que antes de que me cogieran vi a Vick corriendo hacia nosotros, le pedí que se fuera... No sé si lo consiguió.

-Lo consiguió - afirmo. - Está a salvo.

Rory me mira sin entenderme, así que niego con la cabeza y parece entender que no es momento de preguntar. Guardamos silencio. Hay una pregunta que quiero hacerle, pero temo demasiado la respuesta.

-Gale, quiero descansar.

Me giro para mirar a mi hermano. Apenas lo reconozco y es esto lo que me da fuerza para preguntar por qué no es el mismo chico que hace un año.

-¿Te han torturado?


Sólo tiene que enseñarme las manos a modo de respuesta.

viernes, 10 de enero de 2014

Capítulo 14. El Vasallaje de los Veinticinco

Finalmente, Madge acepta. Al principio no le dejo moverse de mi habitación, pues me interesa que se recupere en seguida. Me cuenta que, en cuando me fui, el antiguo jefe de los Agentes de la Paz desapareció y Romulus fue presentado como tal. Instaló elementos de tortura en la plaza principal y  canceló la llegada de alimentos. También hizo arder el Quemador. La gente ni siquiera se enfrentó a él. Aunque Madge sí, aunque de forma indirecta. Los insultaba a todos a la espalda, al igual que hacía yo en el bosque junto a Katniss, aunque ella lo hacía de forma menos discreta. Todo el distrito sabía lo que Madge pensaba sobre el Capitolio. Se había cansado de parecer una chica perfecta y rica para que su padre siguiera manteniendo el cargo de alcalde. Madge pensaba que, bajo ese título, su familia estaba salvo pero que, al descubrir lo que había pasado nuestras familias, se había dado cuenta de la realidad.

Un día, aparecieron en su casa y la sacaron a la fuerza. La dejaron, como a mí, una noche en la jaula. Madge dice que fue peor que los diez latigazos. Su padre comenzó a discutir con ella, pero no le hizo caso y, esta vez, comenzó a interponerse a los castigos de los ciudadanos más indefensos, como las madres que robaban por alimentar a una familia sin padre o a los niños a los que Romulus les tenía manía.

Esa vez, el propio jefe de los agentes en persona fue casa por casa y sacó a los habitantes de la Veta para que acudieran a la plaza. Según él, los de la Veta son los que más peligro tienen y, teniendo en cuenta que tanto Katniss como yo éramos de allí, tiene razón. Todo el mundo contempló los diez latigazos obligatoriamente. Incluso fue retransmitido en el resto de distritos. Todo ello a mis espaldas.

Con la nieve, la gente se aisló en sus casas, y Madge decidió quedarse en casa de Katniss para protegerse un poco del frío y de Romulus. Desde aquel día, en el que su padre observaba la tortura de su hija desde primera fila, Madge no había vuelto a ver a su padre. Yo llegué poco después y, con mi llegada, todo el distrito estaba pendiente de algún cambio, algo que lo animara, algo que les dijera que estaba a salvo. Pero no encontraron nada; yo estaba encerrado en esta casa.

Cuando me habían encerrado a mí en la jaula, la voz del suceso se había corrido y, por sí solos, los ciudadanos habían ido a verme. Madge y Peeta fueron dos de ellos. Madge sabe que Peeta opina lo mismo que ella, pero no quiere que este diga nada porque su familia está a salvo de momento.

Ahora, la moral del pueblo está hundida, según nos cuenta Haymitch por teléfono. Es lo normal tras haberme visto a mí a punto de morir de frío y a Madge con un disparo en el brazo. La herida mejora poco a poco, y me sorprende que no se le haya infectado. Poco a poco comienzo a formar un  plan en mi cabeza. El distrito es incapaz de hacer algo por sí sólo, pero con un líder podríamos intentar hacer algo. Y Madge es la líder perfecta,

Sin embargo, mis planes se frustran cuando el televisor se activa una tarde de febrero, mientras comemos. Madge y yo dejamos caer nuestros cubiertos y observamos con atención la pantalla.

Suena el himno y vemos al presidente Snow subir a un escenario que han colocado frente a su mansión.

-Es enorme – comenta Madge.

-¿Nunca has estado en el Capitolio? - pregunto. Ella niega con la cabeza – Pues sí – afirmo – es enorme.

Junto a él hay un niño con un traje blanco con una caja de madera. Y entonces lo entiendo todo.

-Es el Vasallaje de los Veinticinco – digo incorporándome. A mi lado, Madge agarra con fuerza el tenedor. Hace exactamente veinticinco años que perdió a su tía.

-Es irónico que quien le entregue esa tarjeta sea un niño – sus palabras están llenas de odio.

El himno termina y el Presidente Snow comienza a hablar sobre los Días Oscuros. Parece que esté de nuevo en la Cosecha escuchando el insistente vídeo de todos los años, hasta que llega una parte desconocida para mí.

-Se acordó que cada veinticinco años se celebraría el Vasallaje de los Veinticinco. Una edición de los juegos algo modificada en la que se recordarían los asesinatos cometidos por la rebelión de los distritos. En el veinticinco aniversario, como recordatorio a los rebeldes de que sus hijos morían por culpa de su propia violencia, todos los distritos tuvieron que celebrar elecciones y votar a los tributos que los representarían. En el cincuenta aniversario, - prosigue, y alargo la mano para coger la de Madge – como recordatorio de que murieron dos rebeldes por cada ciudadano del Capitolio, todos los distritos enviaron el doble de tributos de lo acostumbrado. Y ahora llegamos a nuestro tercer Vasallaje de los Veinticinco – el presidente abre la caja que el niño sostiene en alto y coge el sobre correspondiente al tercer Vasallaje, marcado con un gran número 75. En cuanto lo abre se coloca de frente a la multitud y lee: - En el setenta y cinco aniversario, como recordatorio de que la rebelión se inició por aquellos que se sublevaron ante el poder del Capitolio, los tributos serán elegidos entre todos aquellos que hayan recibido algún tipo de castigo a lo largo de todos estos setenta y cinco años.

Reaparece el sello del capitolio, suena el himno, y el televisor vuelve a oscurecerse.

Guardamos silencio durante lo que parecen horas hasta que Madge se levanta despacio y suelta mi mano a la cual había permanecido aferrada. Ambos sabemos lo que eso significa. Ambos podemos volver a la arena.

Ambos seríamos la pareja perfecta para volver a la arena.

Tardo una semana en conseguir que Madge vuelva a hablar. Es una semana larga, silenciosa. Mediante una llamada confirmo que Haymitch también puede ir a la arena y, basándome en su tono de voz, prefiere ahogarse en la bebida antes que volver a llevar el traje de entrenamiento de los tributos. Es el día en el que encuentro a Madge llorando en el baño cuando vuelve a hablar. Me agacho junto a ella y me abraza con fuerza.

-No sobreviviré. No estoy hecha para eso.

Pero se equivoca, sí lo está.

-Vamos a entrenar – concluyo.

Pasamos semanas entrenando. Las escaleras se convierten en una pista de obstáculos y, tras quitar todos los muebles, el salón se asemeja a un pequeño espacio donde entrenar tanto física como mentalmente. Le explico a Madge estrategias, le enseño a preparar trampas y a manejar el cuchillo, el cual se le da mucho mejor que el arco.

Por desgracia, el tiempo trascurre demasiado rápido y, antes de que nos demos cuenta, los agentes de la paz desaparecen de la puerta de la casa.

-¿Dónde estarán? - pregunta Madge, bajando las escaleras del porche.

Para mí es agradable volver a llenarme de las fragancias de la primavera. Llevo sin salir de esa construcción varios meses. Como no hay nadie al acecho, decido que es hora de que empecemos a correr. Y así, casi sin respiración, llegamos a la plaza del distrito, en la cual los agentes de la paz supervisan el montaje del escenario y la pantalla gigante.

Ya falta poco.

Antes de regresar a la casa para hablar con Madge y concretar algunas cosas, nos pasamos por casa de Haymitch. Nada más entrar, el hedor a alcohol y sudor nos invade. Haymitch está tumbado en el suelo y, en cuanto nos ve, comienza a gritar cosas sin sentido.

-Haymitch.- lo llamo, acercándome a él y sacudiéndolo – Haymitch soy yo.

De repente, le cae por la cabeza un chorro de agua que lo hace levantarse con el cuchillo en la mano y comienza a moverlo de un lado a otro. Madge es lo suficientemente rápida y se aparta de él con la cuba de agua aún en la mano. A mí, el repentino ataque me pilla demasiado cerca, con lo que antes de dejar que me haga un profundo corte con el cuchillo le cojo el brazo y se lo coloco detrás de la espalda.

Haymitch empieza a gritar con más rabia.

-¿Quieres soltarme?

-¿Y tú? - pregunto, empujándolo hacia el sofá - ¿Quieres levantarte y prepararte un poco? La Cosecha será dentro de unos días y tú no eres capaz de defenderte con un cuchillo. -esto parece aturdirlo un poco y se incorpora del sofá, agarrando con fuerza el arma - ¿Y si entro yo? ¿Quién me protegerá fuera, Haymitch? ¿Y si entras tú te gustaría que yo estuviera fuera atiborrándome a alcohol?

Sin esperar la respuesta de mi antiguo mentor, le hago un gesto a Madge y salimos de la casa.

En los siguientes días, Madge se acerca demasiado a los límites de la cordura. Se empeña en entrenar y seguir entrenando. No duerme por las noches y, cuando lo hace, las pesadillas llenan sus sueños. Grita hasta que pierde la voz y me cuesta demasiado tranquilizarla. Recuerdo mis primeros días tras salir de la arena: era incapaz de dormir y los mutos no dejaban de aparecer en mis sueños. Pero Madge no ha visto jamás los juegos desde dentro. Temo que, si es la elegida para ir a la arena, a se vea incapacitada de luchar. Es fuerte, sí. Pero, ¿será capaz de dejar el mundo exterior fuera de su cabeza?

Sólo falta una semana para que sea el día de la Cosecha cuando decido dar un paseo por la Veta. Llego a la parte de la alambrada por la que cruzábamos Katniss y yo para llegar a mi preciado bosque. Sigue electrificada y es imposible pasar. Recuerdo los días en los que, cuando nos disponíamos regresar a nuestras casas, oíamos el leve zumbido de la electricidad. Permanecíamos subidos en los árboles hasta que la electricidad se agotaba, lo que no tardaba en suceder. Allí, frente a los altos árboles y el sonido de la libertad, me pregunto si mi familia seguirá con vida. Sólo espero reservar la mía todo lo posible para poder verlos de nuevo.

La casa de Katniss y la de mi familia jamás han sido hogares tan tristes y abandonados. Los vecinos de la Veta se ocultan a mi paso, temiendo ser castigados por mostrarme algo de cariño o fingir que me conocen. Tienen demasiado miedo desde que llegó Romulus.

Un día, junto a Madge, subo la ladera que lleva hasta el cementerio y busco la lápida de Katniss mientras Madge busca la de su tía.

-Katniss – susurro al frío trozo de mármol que comienza a ennegrecerse como las demás lápidas a causa del carbón del aire - Sabes que hay grandes posibilidades de que vuelva a la arena y puede que no salga vivo de allí esta vez. Si van personas capaces de romper las normas del Capitolio podrán acabar conmigo.  - me giro para observar a Madge en la distancia – Sólo espero que no la hagan entrar en ese horrible mundo.

Sé que no sirve de nada, pero hablar con lo único que me queda de mi amiga me tranquiliza bastante. Guardo silencio y respiro con fuerza, intentando poner mis ideas en mi cabeza de forma clara, pero me es imposible.

-¿Vas a cuidar de ella? - pregunta una voz, sobresaltándome.

Levanto la mirada y veo a Peeta con la vista clavada en Madge.

-No te he oído llegar.

-Pues soy bastante ruidosos – comenta, arrodillándose junto a la tumba de Katniss y depositando en ella una flor lila. - ¿Vas a cuidar de ella? - repite.

-No conseguí cuidar de Katniss. Me gustaría proteger a Madge, aunque aún no es seguro que ninguno de los dos vaya.

-Si va, - comienza, bastante resignado - ¿prometes que cuidarás de ella? - en su rostro aparece una sonrisa. Jamás, desde la partida de Katniss, lo había visto sonreír.

-Te lo prometo – suelto una pequeña carcajada porque nos encontramos casi en  la misma situación que hace un año. - Cuida tú del distrito, Peeta.

-Ni lo dudes – afirma, recuperando la seriedad.


El día de la Cosecha llega antes de lo previsto. Antes de entrar a la plaza para registrarnos, agarro a Madge y la abrazo.

-No vas a entrar – susurro, negando lo que sospecho que sucederá – Sería demasiado claro para todo el mundo.

-¿Acaso eso les importa? - es imposible mentirle.

-Si así fuera. Yo estaría ahí para protegerte, ¿de acuerdo?

Me separo de ella y la miro a los ojos. Ella asiente. Sabe que me refiero a que la protegeré como mentor, aunque también queda implícito que, si ambos fuésemos elegidos, también la protegería.

Ella se sitúa con el distrito. Yo, por otro lado, subo al escenario y me sitúo junto a Haymitch, que está peor que nunca. Espero que no salga elegido, porque no podré protegerlo si ni siquiera él quiere protegerse a sí mismo. La ceremonia empieza enseguida. Effie sube al escenario y se coloca frente al micrófono: está más nerviosa que de costumbre.

-Bienvenidos. Felices juegos del hambre y que la suerte esté siempre de vuestra parte.

Sonrío ante esta frase, recordando cuando hace exactamente un año, Katniss y yo la repetimos en el bosque.

El vídeo de todos los años comienza de nuevo. Es la septuagésima quinta vez que es reproducido en este distrito. ¿Habrá una última? El vídeo termina y Effie vuelve al micrófono.

-Está bien. Ahora ha llegado el momento de elegir a un  valiente y a una valiente para asistir este año a los juegos. Como ya sabemos, son unos juegos muy, muy especiales. Nos encontramos en el Tercer Vasallaje de los Veinticinco. Primero, las damas.

Me concentro en el grupo de las mujeres. Hay de todas las edades. Ancianas que robaron comida, jóvenes que vendieron su cuerpo para conseguirla... Distingo a Sae la Grasienta, a quien supongo que habrán castigado por vender en el Quemador, y a Madge. Esta vez, no lleva su vestido blanco, sino que lleva unos pantalones vaqueros y una chaqueta de cuero que perteneció a Katniss. Justo encima de su corazón, está la insignia del sinsajo.

Effie mete la mano en la urna, y coge un papel. Lo desdobla con cuidado y, tras leer el nombre, toma aire con fuerza.

-Madge Undersee.

Madge no se inmuta. Es una chica bastante fuerte y supongo que ya lo tendría asimilado. Varios agentes van en su busca y la agarran, sin embargo, ella se retuerce hasta que no tienen otro remedio que soltarla. Levanta la barbilla, y camina recta hacia el escenario. Mientras sube las escaleras, su mirada se clava en mí. Justo a un lado del escenario, está su padre. Parece diez años más viejo que la última vez que lo vi. Las ojeras decoran sus ojos y ha debido de perder bastante peso. Ahora es la pena la que invade su cara. Junto a él, hay un agente de la paz que no le quita el ojo de encima. Sin lugar a dudas, que Madge saliese elegida como tributo no ha sido ninguna casualidad.

-Demos todos un aplauso a Madge Undersee. - dice Effie, intentando sonar alegre.

Sin embargo, al igual que hace un año, sólo ella aplaude. Tanto los que hay bajo el escenario, como Haymitch y yo, nos llevamos los tres dedos centrales de nuestras manos derechas a los labios, y después los alzamos apuntando al cielo.

Pasan unos segundos de incertidumbre hasta que Effie vuelve a recuperar la fingida compostura.

-Ahora, los hombres.

Camina hacia la otra urna. El año pasado había cuarenta y dos papeletas con mi nombre. ¿Cuántas habrá esta vez? ¿Tendrán todas mi nombre? Me concentro en el grupo de los posibles tributos masculinos, claramente más numeroso que el de las mujeres, y busco caras conocidas. Casi todas son caras de la Veta, algunos son compañeros del colegio y otros son mineros. Me alegra no encontrar a Peeta.

Effie coge el papel y lo desdobla. Me fijo en su expresión que se torna perpleja, como si no comprendiera el nombre. Entonces deja escapar un chillido y me mira.

”Soy yo”, pienso. Pero, entonces, lee el nombre en voz alta. Y no soy yo.

-Rory Hawthorne.




sábado, 21 de diciembre de 2013

Info

Por cierto, una cosa que olvidé de ayer. Hace unos meses acabé un blog llamado Diario de Josh, algunos ya lo conoceréis. Bueno, pues quería informaros de que hay segunda parte y el primer capítulo lo subí hará unas semanas. Aquí podéis encontrar la continuación:



Espero que lo leáis y que os guste. Saludos :)


viernes, 20 de diciembre de 2013

Capítulo 13. La rebelde

Electrificado. Han electrificado la alambrada. La única salida de este lugar se ha cerrado a cal y canto. No hay escapatoria, sólo podemos quedarnos y sufrir lo que nos espera.

-¿Quién está ahí? - interrumpe una voz grave el silencio que se ha creado.

-Corre Peeta - le urge Madge. Peeta se levanta y sale de la plaza corriendo.

-¡Tú! - grita la voz.

Oigo sus pasos. Intento girarme pero Madge me lo impide. Me sujeta las manos con fuerza y me pone los guantes de Peeta, poco a poco, mis manos recuperan la movilidad.

-Están torturando a la gente, Gale. Cada día. Todos mueren de hambre e incendiaron el Quemador. Han cancelado las clases y la mina ha estado cerrada desde que te fuiste. La abrieron ayer.

-¡Tú! - Vuelve a gritar la voz, esta vez más cerca aún - ¿Quieres volver a estar atada al poster de los latigazos?

Una expresión de dolor cruza la cara de Madge.

-¡Ya ha terminado su castigo! Ha pasado toda la noche aquí. – grita Madge sin apartar la mirada de mis ojos.

-¿Perdona? – pregunta la voz. Ahora veo sus zapatos, así que levanto la mirada y me encuentro con un agente de la paz. – Esto le va a gustar Romulus – comenta con tono divertido.

Madge abre muchísimo los ojos, después el agente de la paz la coge de un brazo y apunta a su cabeza con la pistola. Madge se resiste al principio, pero finalmente se deja llevar, aunque no se lo pone fácil. Deja el peso muerto y el agente acaba arrastrándola por la nieve. De repente, todas las palabras que no podía decir por el frío salen de mi garganta. Insulto al agente de la paz y le grito que la suelte, pero supongo que no me hace caso, porque acabo perdiéndolos de vista. Han azotado a Madge. La simple idea hace que me hierva la sangre. La adorable y dulce Madge no puede haber sido torturada. Es la hija del alcalde, aunque supongo que eso no tiene tanta importancia.

No tardan mucho en regresar. Pero esta vez no es un par de pisadas las que se aproximan, sino dos. Al llegar a mi altura, el otro agente de la paz se agacha y entra en mi campo de visión.

Puede que tenga cuarenta años. Tiene la cara seca y llena de arañazos y cicatrices.

-Vaya, vaya - dice divertido. Es el hombre que antes estaba amenazando al distrito, poniéndome como ejemplo de lo que les ocurrirá. - Ya has despertado. - Después se levanta y se gira para mirar al agente de la paz que sujeta a Madge. -¿Otra vez causando problemas, Undersee?

Lo siguiente que oigo es a alguien escupir y un fuerte golpe. Ni si quiera lo he visto, pero me agarro a los barrotes y empiezo a tirar de ellos mientras grito.

-¡Déjala en paz! ¿Me oyes? ¡NO LA TOQUES!

-Señor, - comienza el otro vigilante - la chica cree que el prisionero ya ha recibido su castigo.

-¿Ah, sí? ¿Eso crees, Undersee? Está bien, lo soltaré si es lo que quieres. Tú ocuparás su lugar.

La puerta de la jaula se abre y alguien me coge del brazo y tira de mí. Intento agarrarme con todas mis fuerzas a la jaula, pero al final mis dedos se resbalan. Cuando salgo soy incapaz de mantenerme en pie. Se han acercado más agentes de la paz y los vecinos de la plaza han salido a las puertas de su casa. Entre varios agentes de la paz me alejan de la jaula y me obligan a ponerme en pie, debo de tener los huesos congelados. Veo como el agente de la paz que responde al nombre de Romulus forcejea con Madge para meterla dentro de la jaula. Lleva el uniforme del jefe de los agentes de la paz, me pregunto que habrá pasado con Gray.

Madge sigue resistiéndose y al final, Romulus le da un puñetazo en la cara. Madge grita y yo me lanzo hacia el hombre que le acaba de pegar. Por suerte, pillo desprevenidos a los agentes de la paz, así que nadie me detiene antes de que le pegue un puñetazo. Apenas se inmuta, aunque la nariz comienza a sangrarle. Madge, en el suelo, me sujeta de una pierna y me pide que me vaya, pero no le hago caso, sino que me pongo entre ella y Romulus.

En cuestión de tres segundos tengo a todos los agentes de la paz apuntándome con sus pistolas, esperando recibir una orden.

-No vuelvas a hacer eso - me dice con cautela.

-¿O qué? ¿Vas a matarme? - Noto como sus ojos arden de rabia. - Mátame. Lo estoy deseando. - Susurro.

Es entonces cuando saca su arma de la pistolera. Pero no me apunta a mí, sino que apunta hacia el suelo y dispara.

El grito rasga el aire. Me doy la vuelta y veo a Madge, tirada en el suelo y agarrándose el brazo derecho. Tiene la mano y la chaqueta empapadas en sangre y por la punta de los dedos de sus manos caen gotas rojizas que se mezclan con la tierra de la plaza. Me doy la vuelta dispuesto a arremeter de nuevo contra Romulus. De nuevo siento como si estuviera en los juegos, deseando acabar con la vida de la persona que tengo frente a mí. Y arremetería contra él si no fuera por sus siguientes palabras:

-La próxima vez que cometas un error, la bala atravesará su cabeza.

Una amenaza directa.

Vuelvo a girarme para mirar a Madge. Intenta ocultar el dolor sacando toda la rabia que tiene. Desvío la mirada y cuento hasta diez. Después, giro la cabeza para enfrentarme a Romulus.

-No tendrás más problemas conmigo.

-Eso ya lo sabía. - dice sonriendo sádicamente. Después, le hace un gesto a los agentes de la paz que hay a mi espalda - Será mejor que te la lleves y hagas algo con ese brazo.

Espero a que se vayan. Todos. Los agentes de paz y las personas que han ido a la plaza para ver qué pasa. Después me agacho y cojo a Madge en brazos como puedo.

-¿Dónde te llevo? - Pregunto, intentando no mostrarme asustado. - ¿A tu casa?

-¡No! - Exclama lo más alto que puede - A mi casa no por favor. No lo soportará.

No sé a lo que se refiere, aunque supongo que será a su madre, enferma con jaqueca. Así que emprendo el camino a la Aldea de los Vencedores.

Mi casa sigue rodeada de agentes de la paz, pero ninguno me impide entrar con Madge en brazos. Cuando la dejo encima del sofá está muy pálida.

-Madge - susurro, pues tiene los ojos cerrados - ¿qué hago?

-Sácame la bala. - Su voz es áspera.

-No tengo nada con qué dormirte, Madge. No soy médico.

-¡Sácala!

Corro a la cocina, donde guardo botellas de alcohol. Una vez, Ripper dejó de vender alcohol y Haymitch se convirtió en un vecino horrible que no dejaba de gritar, desde entonces tengo una botella para emergencias y, aunque seguramente Haymitch la necesitará pronto, ahora me parece mucho más importante.

Derramo parte del contenido sobre la herida de Madge, que se muerde el labio para no gritar de dolor. Después busco entre los cubiertos hasta que encuentro lo que parecen unas pinzas alargadas.

-Lo siento, Madge - susurro antes de introducir el artilugio que el proyectil ha dejado en su brazo.

Durante los próximos cinco minutos hago un gran esfuerzo por no escuchar los gritos, sacar la bala y mantener a Madge quieta en el sitio. No tarda en desmayarse por el dolor. Termino poco después, cosiendo y cerrando la herida. La limpio como puedo y la vendo con cuidado. A continuación, con una toalla húmeda, me entretengo en limpiar los restos de sangre que recorren el brazo de la hija del alcalde y le quito la chaqueta empapada en sangre. Las camisetas de debajo están igual, pero supongo que ya tendrá tiempo de limpiarlas. Por último, cojo a Madge y la subo a mi dormitorio, donde la acuesto con cuidado y le seco los restos de lágrimas de la cara.

Cuando bajo al salón, limpio el sofá y recojo todo lo que he utilizado. Debería darme un baño, pues estoy lleno de sangre, pero opto por sentarme en el suelo, apoyar la cabeza contra la pared y quedarme dormido. Ni siquiera sé cómo lo consigo después de todo lo que ha pasado, de todo lo que he descubierto esta mañana. Hace tan sólo doce horas estaba escapando de este lugar en el que vuelvo a verme encerrado.




Me despierto tiritando. La habitación se encuentra completamente a oscuras, lo que significa que ya ha anochecido. Antes de nada, decido subir a darme un baño, para quitarme el frío del cuerpo.

Al entrar en mi habitación me encuentro con Madge tumbada en la cama. Al verla así siento más frío del que me invade ya de por sí. Cojo ropa limpia y entro en el cuarto de baño sin hacer ruido.

El agua caliente alivia el dolor. Lanzo un profundo suspiro y decido llenar la bañera. Me quedo sumergido en ella durante horas, hasta que el último centímetro de mi cuerpo está arrugado. Es entonces cuando salgo del agua.

Al regresar a la habitación me siento en el borde de la cama y observo a Madge con atención. Poco a poco comienza a amanecer, lo que significa que hemos dormido cerca de veinticuatro horas. Si no fuera por los movimientos de su pecho al tomar aire, pensaría que está muerta. Decido despertarla con delicadeza, pero pasados unos minutos mis tripas empiezan a rugir y pierdo la paciencia. Bajo a preparar algo de comer para ambos, aunque dudo que Madge se despierte en todo el día. Sin embargo, cuando regreso a la habitación, la encuentro sentada en el borde de la cama, mirando en dirección a la ventana.

-Ni se te ocurra levantarte – le digo, sobresaltándola.

-Gale... - susurra .- ¿Seguimos en tu casa?

-Sí – asiento.

Me siento junto a ella y le pongo delante el desayuno, que consiste en algo de pan duro con carne y queso y un plato de caldo. Al verlo, mira la comida con desaprobación y repugnancia.

-¿No es suficiente para ti? - pregunto bastante molesto, pues aunque ahora puedo acceder a todo tipo de comida, sigo apreciando demasiado su valor.

Me mira a los ojos con algo de sorpresa antes de susurrarme:

-Es demasiado. No tengo nada de apetito, Gale.

Sus palabras, su tono de niña pequeña y herida, hace que mi enfado se esfume. Le acaban de disparar y yo esperaba que estuviera deseando comer. Parece que haya olvidado todo lo que he aprendido estos años atrás.

-Lo siento – digo, pegándole un bocado a mi trozo de pan.

-No lo sientas – contesta. - Gracias a ti no me he desangrado.

-¿Te duele? - pregunto, incapaz de levantar la mirada del suelo.

-Duele bastante.

-Tal vez debería echarle un vistazo.

Le quito la venda con cuidado y me encuentro con una zona en la que el color morado, negro y rojo luchan por predominar. Las irregulares puntadas de hilo tampoco ayudan a mejorar el aspecto. Por suerte, he traído algo de alcohol con el desayuno y, antes de que se de cuenta, le echo un poco en la zona. Madge lanza un grito y se levanta de un salto. Se cubre la herida con su mano y me mira aterrada.

-Tenía que hacerlo – digo.

Tarda unos segundos en volver a sentarse a mi lado y, esta vez, coge una cucharada de caldo. Es en ese instante cuando me doy cuenta de lo pálida que está.

-Madge – comienzo – necesito que me expliques algunas cosas.

-¿Como cuál? - pregunta cogiendo otra cucharada. De repente parece haber encontrado su apetito.

-¿Has causado problemas mientras yo estaba fuera?

-Demasiados – comenta algo divertida, aunque en su tono también hay algo de tristeza e incluso de terror.

-¿Qué te hicieron?

Sus ojos se levantan antes incluso de que termine de formular la pregunta. Se le humedecen en cuestión de milésimas de segundo y, a continuación, se quita la camiseta dejando al aire una espalda llena de cicatrices que aún no se han curado.

-Latigazos – susurro, acariciando su espalda casi inconscientemente.

-Diez – susurra.

De repente noto de nuevo la sensación y tengo que respirar profundamente para no perder el control.

-No puedo creerlo – digo mientras se vuelve a poner la camiseta, intentando contener la rabia – Eres la hija del alcalde.

-¿Y qué? - explota. - ¡Sigo siendo una ciudadana del doce que pasa hambre, Gale! Ya te lo expliqué en el cementerio. Creen que yo no he sufrido los juegos. ¡Pero mi madre está enferma por ellos! - se deja caer en la cama después de haberse levantado – Es como si no tuviera madre, y todo porque le arrebataron a su hermana, Gale.

Sé que no sirve de nada pedirle perdón, así que cambio de tema.

-¿Qué opina tu padre? - pregunto.

-No lo he visto – dice y, al levantar la mirada, veo un brillo especial en los ojos. Un brillo demasiado familiar. El mismo brillo que tenía Katniss cuando quedábamos para ir al bosque, cuando sabía que debía romper una norma establecida por el Capitolio – En cuanto dejaron de darme latigazos fui a casa de Katniss, en la Veta. Como sabrás, no hay nadie – al oír esto en boca de otra persona, todo se hace más real – Pero sus vecinos me ayudaron. Me curaron un poco y me dieron de comer. He estado viviendo en casa de los Everdeen desde entonces. Ahora todos los del doce me ven diferente.

Por supuesto que la ven diferente. Siempre la han tenido como la protegida hija del alcalde, pero ahora es una chica que desafía al Capitolio, que recibe latigazos, a la que han disparado... Ahora es una luchadora más, una superviviente. Nosotros no contamos los días que nos quedan por vivir, sino los que llevamos vividos y, ahora, ella también. Es una rebelde. Pero las palabras son demasiado peligrosas como para decirlas en voz alta. Sin embargo, no puedo dejar que sigan haciéndole daño. No sabe hasta qué punto están dispuestos a aguantar los agentes. Aún tiene que aprender y yo estoy dispuesto a enseñarle.



-Madge – susurro – Vas a quedarte aquí, ¿de acuerdo?